Frío, silencio y una ventana empañada. A la niebla le cuesta desprenderse de sus sábanas y llama en sigilo a la puerta de los caseríos mientras estos intentan calentarse con algo de fuego en la cocina. Todo está en silencio, los perros no ladran y los pájaros tampoco quieren acariciar la niebla.
Son las 11 de la mañana de un día cualquiera de Enero.