No estaba loco. Solo estaba triste. Y puede que por aquel entonces se le hubiera olvidado que la tristeza no es mas que un estado de ánimo. Claro que no todos los que le conocían opinaban lo mismo de él.
Se pasaba el día jugando al ajedrez. Las horas se le iban junto a la ventana. mantenía la vista fija en el tablero y calibraba sus movimientos con una calma desesperanzada. La partida podía durar semanas, meses a veces. Lo que ocurría fuera le resultaba ajeno: que las hojas empezaran a caer de los árboles o que las tormentas atemorizaban a los perros. Los que paseaban por su calle podían ver a través de los cristales cómo se masajeaba las sienes, cómo, en un movimiento casi imperceptible, apretaba los labios; como, por último, movía una pieza con resignación. La partida terminaba siempre igual, siempre mal. Dibujaba un gesto de decepción en su rostro, bajaba la cabeza y volvía a retarse de nuevo. Sobre el tablero, únicamente se reconocía en las agujas del perdedpr.

No estaba loca. Sólo estaba harta. Y puede que por aquel entonces no se hubiera dado cuenta de que podía caminar sobre su hartazgo. Claro que no todos los que la conocían opinaban lo mismo de ella.
Montaba en bicicleta. Un día ordenó que le quitaran los frenos para que la suya fuera como las de Holanda. Allí, para disminuir la velocidad poco a poco, pedaleaban hacía atrás. Ella no conseguía lograrlo así que udaba un sistema igual de eficaz aunque eso sí, más temerario. Era un método igual de sencillo: consistía en chocarse cpontra paredes, `puertas o cualquier superfecie que puediera soportar el golpe.
Andaba en bicibleta porque le hubiera gustado vivir en Holanda, como su amiga. Dijeron que se fuer para aprender inglés, pero ella creía conocer la verdadera razón de su viaje. Una tarde poco antes de marcharse, se la confeso mientras paseaban por la carretera:
– Holanda es el único país del mundo en el que se puede hacer el amor en una bañera lleno de tulipanes.
Sus cartas venían de un lugar llamado Ouderkerk aan de Amstel. Al principio le llegaban casi todas las semanas. En ellas descubrió cosas sorprendentes coomo, por ejemplo, que allí las ventanas no tienen cortinas y que mientras se va en bicicleta se puede ver que es lo que ocupa a la gente dentro de sus casas. Pero, por lo visto, a nadie le interesaba mirar lo que hacían los otros. Ouderkerk no era su pueblo. En su pueblo nadie tenía suficiente con su vida. Todos querían vivir tambie´n las de los demás, mirar dentro de otras casas, de otras cocinas, de otras camas, de otros cuerpos, de otros sexos, de otros sueños. La última semana del pasado noviembre se fue sin que ella recibiera carta alguna; despuén paso una semana más y otra y otra y comprendió que ya no llegarían noticias nuevas. Entonces se sintió sola y muy lejos de Ouderkerk.

El hizo avanzar la torre y comenzóa estudiar los posibles movimientos de las piezas negras. Su concentración era tal que a veces las mejillas se encendían y lograba olvidar, durante unos minutos, los motivos de su trsiteza. En un primer momento xcreyó que lo mejor sería jugar con el alfil pero deshecho esa posibilidad. Después se planteo utilizar la reina aunque tras meditarlo con calma, concluyo que sería ésa una jugada muy arriesgada. Así que continuo pensando, inmovil, mucho tiempo. Puede que aún siguiera haciendolo de no haber sido por el fuerte golpe que sintió en la ventana.
Ella estaba desesperada y no calculo bien la velocidad de su bicicleta cuando decidió frenar en la casa de él. El choque hizo que sus pies salierfan de los pedales y que su cuerpo fuera savudido con violencia, primero hacía atrás y luego por la fuerza de la inercia, hacia delante. No pudo evitar apoyar sus manos contra el cristal de la ventana. Entonces lo vio. La estaba mirando, serio, agitado aún por el estrépito. Ella reparó por primera vez que en su ventana no había cortinas. Le sonrió como para pedier disculpas.

En aparinecia nada cambió. El continuo jugando contra sí mismo y ella siguió montando en bicicleta. Sin embargo, las cosas no volvieron a ser como antes: las cosas comenzaron a mejorar. A veces, él levantaba la vista del tablero y miraba através de los cristales. El pueblo no había cambiado en los últimos tiempos. La lluvia seguía mojando los tejado y el sol parecía brillar siempre en otras direcciones, señalando otros lugares posibles donde el verano sabía y sonaba a verdadero verano. Pero cuando ella apareció por la esquina de su calle, anunciandose con el timbre de la bicicleta, no imporaba el color del cielo.
Un día, al frenar contra su ventana, él hizo lo mas inesperado. Y lo hizo sin darse cuenta, sin esfuerzo, sin masajear previamente sus sienes, sin apretar los labios. Sin más un sía sonrió. Luego miró al talero y entendió que cualquier movimiento le haría ganador. Aprendió tanto ese día que para cuando ella llamóa su puerta con una bicicleta de regalo, él ya sabía perfectamente en qué lugar del mapa caía Ouderkerk aan de Amstel.

Sin título-1
Sin título-2
HPIM3108web
RDSC_0126